sábado, 2 de abril de 2011

La parábola del fariseo y el publicano ofrece una enseñanza que se encuentra tal cual en san Pablo, cuando insiste en que nadie debe gloriarse en presencia de Dios. También las frases de Jesús sobre los publicanos y las prostitutas, más dispuestos que los fariseos a acoger el Evangelio y sus deseos de compartir la mesa con ellos encuentran pleno eco en la doctrina de san Pablo sobre el amor misericordioso de Dios a los pecadores.
El escriba, conocedor de las escrituras, se dirige a Dios con orgullo y vanidad. Le ha faltado humildad para reconocerse necesitado de la gracia de Dios. Es necesario tener una clara conciencia de que somos creaturas frágiles para vivir, con sinceridad, de cara a Dios. A nosotros no nos corresponde juzgar y criticar a los demás, pues eso es algo que sólo le compete a Nuestro Señor.
Muy diferente es la actitud publicano. Se queda en la esquina y sin el valor de elevar los ojos a Dios. Es humilde y se reconoce pecador, necesitado de la misericordia de Dios. Los humildes agradan inmensamente a Dios. La humildad del publicano consiste en reconocer sus faltas, pedir perdón y realizar un sincero propósito de enmienda.
La confesión es algo necesario pero no suficiente porque mientras no exista una contrición y una atrición perfecta de nada sirve ir a confesar mis pecados si no voy con el propósito de enmienda, si al salir mi confesión sigo estando pendiente de las faltas de los demás y sus pecados, y no reconociendo mi miseria y mi necesidad de Dios.
¡Qué es la confesión sino un acercarnos a Dios con la misma actitud del publicano!
En el sacramento de la penitencia buscamos con humildad la misericordia de Dios. Cuando reconozco mis pecados y le pido perdón a Dios en la confesión estoy formando, al mismo tiempo, un corazón más comprensivo y bondadoso para no juzgar ni criticar a los demás. A través de la confesión obtengo, con toda certeza, el perdón de mis pecados y puedo regresar a mi vida diaria con paz y tranquilidad de conciencia porque le he dado el primer lugar a Dios en mi vida.
Madre reina de la pureza, purifica la intención de nuestro corazón, y que actuemos, pensemos, hablemos de cara a Dios, que siempre tengamos presente que como tu debemos solo buscar agradarle a ÉL.
PAZ Y BIEN

miércoles, 23 de marzo de 2011

MIERCOLES 23 de marzo del 2011


Jesús hoy voltea las perspectivas humanas y terrenales de sus discípulos (nosotros mismos) y les abre un nuevo horizonte de comprensión sobre cuál ha de ser el estilo de vida de sus seguidores.
Nuestras inclinaciones naturales nos mueven al deseo de dominar las cosas y a las personas, mandar y dar órdenes, que se haga lo que a nosotros nos gusta, que la gente nos reconozca una posición. Pues bien, el camino que Jesús nos propone es el opuesto: «El que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo» . “Servidor”, “esclavo”: ¡He aquí a la ESCLAVA del Señor…… Y María fue a SEVIR a su prima!; las hemos escuchado cientos de veces, ya es hora de que seamos capaces de entrar en contacto con la realidad que significan, y confrontar dicha realidad con nuestras actitudes y comportamientos.

“El que no vive para servir no sirve para vivir” decía la Beata Teresa de Calcuta; en este caso, nos parece que damos la vida, cuando realmente la estamos encontrando. Y en esta actitud, nuestro modelo es el mismo Cristo —el hombre plenamente hombre— pues «el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos».
Ser servidor, ser esclavo, tal y como nos lo pide Jesús es “imposible” para nosotros. Queda fuera del alcance de nuestra pobre voluntad: hemos de implorar, esperar y desear intensamente que se nos concedan esos dones. La Cuaresma y sus prácticas cuaresmales —ayuno, limosna y oración— nos recuerdan que para recibir esos dones nos debemos disponer adecuadamente.
El darse, el negarse, el ser capaz de darnos a los demás en el servicio e incluso soportando humillaciones, como ejemplo Jesús lo hizo tan perfectamente que se entregó, padeció y soporto de todo hasta morir en una cruz para nuestra redención y nuestra libertad porque El vino a servirnos y se quedó con el más grande premio que nos tiene como promesa, el Cielo.
Madre Santa ayúdanos a negarnos a doblegar nuestra voluntad para amar verdaderamente; permítenos mamá vivir nuestra consagración realmente, que verdaderamente te imitemos, que seas tú en nosotros en todo, para que a imagen tuya podamos decir y vivir tu perfecta unión a la Voluntad de Dios al responder al Ángel: “He aquí la ESCLAVA del Señor, hágase en mi según tu palabra”

“He aquí la esclava, de la esclava del Señor” – PAZ Y BIEN

viernes, 18 de marzo de 2011

Citando la Carta Encíclica Caritas in Veritate n.6 del Sumo Pontífice Benedicto XVI.
La caridad va más allá de la justicia, porque amar es dar, ofrecer de lo «mío» al otro; pero nunca carece de justicia, la cual lleva a dar al otro lo que es «suyo», lo que le corresponde en virtud de su ser y de su obrar. No puedo «dar» al otro de lo mío sin haberle dado en primer lugar lo que en justicia le corresponde. Quien ama con caridad a los demás, es ante todo justo con ellos. No basta decir que la justicia no es extraña a la caridad, que no es una vía alternativa o paralela a la caridad: la justicia es «inseparable de la caridad», intrínseca a ella. La justicia es la primera vía de la caridad o, como dijo Pablo VI, su «medida mínima», parte integrante de ese amor «con obras y según la verdad» (1 Jn 3,18), al que nos exhorta el apóstol Juan. Por un lado, la caridad exige la justicia, el reconocimiento y el respeto de los legítimos derechos de las personas y los pueblos. Se ocupa de la construcción de la «ciudad del hombre» según el derecho y la justicia. Por otro, la caridad supera la justicia y la completa siguiendo la lógica de la entrega y el perdón. La «ciudad del hombre» no se promueve sólo con relaciones de derechos y deberes sino, antes y más aún, con relaciones de gratuidad, de misericordia y de comunión. La caridad manifiesta siempre el amor de Dios también en las relaciones humanas, otorgando valor teologal y salvífico a todo compromiso por la justicia en el mundo.